Estadounidense que sobrevivió a los terremotos en Venezuela, hoy lidera una ayuda humanitaria

El día que la tierra rugió en el país caribeño, Sam Brown Pérez decidió quedarse para ayudar, esta es una historia desde el corazón de la tragedia.
Sam Brown Pérez viajó a Venezuela convencida de que estaría allí apenas unas semanas. Su objetivo era estrictamente administrativo: renovar la visa de transeúnte que necesita como ciudadana estadounidense casada con un venezolano para poder permanecer legalmente en el país.
Era un trámite rutinario que, en condiciones normales, tardaría entre quince y veinte días. Nunca imaginó que ese viaje terminaría convirtiéndose en una experiencia que marcaría su vida para siempre.
Lo que comenzó como un simple proceso migratorio terminó atrapándola en medio de una de las peores tragedias que ha vivido Venezuela en los últimos años. El destino tenía otros planes.
Una espera que cambió por completo
Sam llegó a Venezuela a finales de abril. La ley exige que la renovación de su visa se haga dentro del territorio venezolano y no desde un consulado en Estados Unidos. Todo parecía avanzar con normalidad, aunque la burocracia retrasó la entrega de sus documentos debido a cambios administrativos en la oficina de Extranjería.
Finalmente le informaron que el jueves 25 de junio podría recoger su prórroga.
Pero ese jueves nunca llegó. El miércoles 24 de junio, feriado por la celebración de San Juan en Venezuela, decidió aprovechar el día junto a su cuñado y otros familiares para ir a las playas de La Guaira, uno de los lugares que horas más tarde aparecería en los titulares del mundo.
Pasó gran parte del día frente al mar. Cuando regresaban hacia San Antonio de los Altos, donde vive temporalmente con la familia de su esposo, recogieron a una prima que acababa de aterrizar en el aeropuerto. Minutos después ocurrió lo impensable.
«Pensamos que el carro estaba dañado»
El primer terremoto los sorprendió dentro del automóvil. Al principio nadie entendía qué estaba ocurriendo. Pensaron que el vehículo presentaba una falla mecánica o que el conductor estaba jugando con el freno, hasta que levantaron la vista.
«Veíamos los letreros moverse como si fueran olas. Todo se balanceaba. Ahí entendimos que era un terremoto.»
El movimiento parecía interminable. Debajo de un elevado, observando cómo el concreto, las señales y las estructuras oscilaban violentamente, el miedo se apoderó de todos.
Cuando finalmente cesó el temblor, dejaron a la familiar en su apartamento y subieron hasta el séptimo piso donde vivía otra integrante de la familia para verificar si el edificio había resistido.
Por fortuna, San Antonio de los Altos sufrió daños menores. La historia era muy distinta en la costa.

El silencio más aterrador
Al día siguiente, Sam debía recoger sus documentos migratorios. Nunca pudo hacerlo, las oficinas públicas cerraron por la emergencia. El aeropuerto internacional de Maiquetía suspendió operaciones comerciales y únicamente quedaron autorizados vuelos de asistencia humanitaria.
Su proceso migratorio quedó congelado, pero ella decidió que no podía quedarse inmóvil y confiesa que la ansiedad la consumía.
«Sentía que tenía que hacer algo. No podía quedarme viendo las noticias sin ayudar.»
Habló con su esposo, Víctor Pérez, quien se encontraba en Tampa, Florida, y entre ambos encontraron la manera más rápida de responder a la emergencia.
Mientras él recauda donaciones desde la Bahía de Tampa y otras ciudades de Estados Unidos mediante Zelle, Cash App y GoFundMe, Sam recibe los recursos en Venezuela y compra directamente todo aquello que los damnificados necesitan con urgencia.
“No esperamos envíos internacionales, no esperamos grandes cargamentos, compramos en el momento y entregamos en el momento”.
Ayuda inmediata donde realmente hace falta
En cuestión de días comenzaron a llegar las primeras donaciones, luego llegaron muchas más.
Según explica Sam, la solidaridad ha sido extraordinaria. Las contribuciones ya superan los 30 mil dólares y cada dólar se transforma rápidamente en agua potable, alimentos, pañales, medicamentos, gasas, plantas eléctricas, herramientas de rescate y suministros médicos.
Pero no solo ayudan a las familias, también abastecen a los rescatistas y al personal médico que permanece trabajando sin descanso entre los escombros.
«Las necesidades existen desde el primer día. Si uno envía ayuda desde otro país, puede tardar semanas en llegar. Nosotros compramos aquí mismo y entregamos directamente a quienes realmente lo necesitan.»
Ese contacto directo también evita que los suministros se pierdan o queden almacenados en centros de acopio sin llegar a las víctimas.

El olor que nunca olvidará
En sus recorridos por La Guaira, Sam ha visto escenas que jamás creyó presenciar. Edificios de dieciséis y hasta dieciocho pisos convertidos en montañas de concreto. Barrios enteros reducidos a escombros y familias buscando desesperadamente a sus seres queridos.
Y un detalle que la persigue desde entonces: «Al segundo día ya empezaba a sentirse el olor de los cuerpos.» La frase queda suspendida, no hace falta agregar nada más, el dolor habla por sí solo.
El silencio que paraliza a todos
Durante uno de sus recorridos pudo observar desde cierta distancia un operativo de rescate. Dice que fue uno de los momentos más impactantes de toda su vida.
Cuando los equipos creen escuchar una voz debajo de los escombros ocurre algo impresionante.
“Toda la maquinaria se apaga, los motores se silencian, las motos dejan de acelerar, los carros se detienen, nadie habla, nadie se mueve. Nunca había vivido un silencio tan pesado. Uno no sabe si respirar o quedarse completamente quieto.»
Pero ese silencio representa la esperanza, porque mientras exista una voz debajo de los escombros, también existe la posibilidad de encontrar una vida.

Una tragedia que continúa
Aunque algunas familias han encontrado refugios temporales, miles de personas siguen sin techo. Muchas permanecen literalmente en la calle.
“Sin ropa, sin comida, sin agua, sin absolutamente nada y por eso nos quedamos acá, para ayudarlos”.
Mientras espera que algún día reabran las oficinas migratorias para terminar su trámite, Sam continuará haciendo exactamente lo mismo que decidió hacer apenas horas después del terremoto: ayudar.
No sabe cuándo podrá regresar a Estados Unidos. Tampoco sabe cuándo podrá recibir finalmente sus documentos, pero hoy eso pasó a un segundo plano porque entendió que, cuando la tragedia golpea de frente, hay momentos en los que los papeles pueden esperar, pero la vida de las personas no.
Desde la Bahía de Tampa, decenas de familias siguen enviando recursos. En Venezuela, una estadounidense que llegó únicamente para renovar una visa se convirtió, sin buscarlo, en uno de los puentes de solidaridad entre dos países unidos hoy por una misma causa: devolver un poco de esperanza a quienes lo perdieron todo.
Si alguien desea donar, lo puede hacer por Zelle o Cash App al número +1 314-556-9713, o también al GoFundMe https://gofund.me/aa00eb9ce.